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La evaluación como comparación: qué, cómo, cuándo y a quién por Enrique Guerrero

Enrique Guerrero está actualmente jubilado de la docencia directa hacia el alumnado, aunque sigue impartiendo cursos de formación al profesorado sobre el tema de la programación, realización de unidades didácticas, evaluación y calificación. Participa también en la elaboración y ejecución de proyectos en los que se integra como ayudante de los docentes de una manera presencial en las clases. Ha desarrollado durante muchos años su labor docente en las etapas de primaria y secundaria obligatoria en diversos centros de las provincias de Granada y Cádiz, así como la labor de asesor de formación en el Centro del Profesorado de Jerez. Desde hace unos años difunde sus ideas a través de su blog “Un granito docente”, donde se ha centrado en los temas de la evaluación criterial del alumnado. Últimamente su preocupación está en el desarrollo de unidades didácticas multinivel a partir de las orientaciones que ofrece la taxonomía de Bloom.

Nadie puede negar que un docente tiene muchísimas preocupaciones y retos que tiene que ir superando a lo largo del día, de la semana, del mes, del trimestre o del curso completo. Y hay dos en concreto que siempre dan más quebraderos de cabeza que alegrías: La evaluación  y la calificación, porque no son lo mismo.

Antes de comenzar a desarrollar el tema que os propongo en el título, me gustaría recalcar esa diferencia, aunque en general se entiendan como la misma cosa tanto para muchos docentes como para las distintas administraciones educativas. De hecho, cuando en las normas que emanan del Ministerio de Educación, como de los distintos departamentos autonómicos con responsabilidad en el tema, se habla de “sesiones de evaluación” y, a renglón seguido, lo que se dice es que la calificación se realizará con numeración comprendida entre 1 y 10.

La evaluación es un conjunto de actuaciones que nos permiten ver diversos aspectos del proceso de enseñanza-aprendizaje que comprende desde el análisis del desarrollo de capacidades del alumnado, hasta el análisis de las actividades que planteamos pasando por la metodología que estamos poniendo en práctica. Sin embargo, la calificación no pasa de ser la asignación de un número, más o menos objetivo, dependiendo de los factores  que el profesor o profesora haya definido y que en realidad dice más bien poco si no se acompaña de una buena evaluación del discente. A lo largo de este artículo iremos desarrollando un poco más esta idea.

Imagen de chenspec en Pixabay

Pero comencemos con el artículo.

¿Qué?

En toda la normativa que está vigente nos encontramos la frase de que los referentes de la evaluación son los criterios. No son los contenidos, ni los estándares ni incluso los objetivos que se proponen en cada etapa. Está claro, que para hacerla correctamente hay que centrarse en ellos, desarrollarlos, y hacerlos la base de nuestra actuación. Por lo tanto, no deberíamos confundir qué es lo que tengo que tener como referente y el instrumento o técnica que voy a usar para evaluarlo. Aquí ya encontramos la primera comparación del tema evaluativo: alumnado versus criterios.

Al tener como referentes los criterios, es necesario que comparemos lo conseguido por el alumno o alumna con lo que dice el mismo. En principio, deberíamos haber analizado el enunciado de cada uno de esos criterios y, como propuesta personal, haberlo graduado de forma creciente en dificultad para saber hasta qué grado se ha conseguido desarrollar la adquisición del mismo.

Quizás con un ejemplo pueda aclarar más esta idea de gradación. Supongamos que tenemos el criterio:

“MAT.CE.1.4. Interpretar y expresar el valor de los números en textos numéricos de la vida cotidiana y formular preguntas y problemas sencillos sobre cantidades pequeñas de objetos y hechos o situaciones en los que se precise contar, leer, escribir, comparar y ordenar números de hasta tres cifras, indicando el valor de posición de cada una de ellas”.

Si nos fijamos, se pueden sacar muchos aspectos de este criterio del área de matemáticas. Lo podríamos desgranar, graduándolo, de la siguiente forma:

Vemos cómo de ese criterio hemos sacado 14 aspectos y algunos de ellos graduados en dificultad. Por lo tanto, debemos comparar en este primer aspecto, lo desarrollado y conseguido por el alumnado, con lo que se expone en esta lista, independientemente de la técnica o instrumento que hayamos usado para averiguarlo, ésta es la referencia y lo que nos debe de dar las pistas para saber qué grado de desarrollo se ha alcanzado.

¿ Cómo?

Pasamos al segundo apartado.  Ya hemos mencionado varias veces las palabras técnicas e instrumentos de evaluación.

Para poder hacer esta comparación, necesitamos basarnos en algo para que nos dé la información suficiente. Aquí es donde entran esas dos palabras, que también tienen significados distintos. Aclaremos ambos términos.

La técnica es el procedimiento que nosotros utilizamos para medir y evaluar el aprendizaje. Recalco lo de procedimiento, ya que el instrumento no es más que el documento que se toma como evidencia del aprendizaje que puede haber alcanzado el alumnado en un momento concreto. Por ejemplo, técnicas son la observación, la medición, … y los instrumentos corresponderían a un registro anecdótico en el caso de la primera técnica o un examen en el caso de la segunda.

Por supuesto, tanto la técnica como el instrumento deben estar acordes con lo que se pide en el criterio. Si en éste se pide fundamentalmente algo procedimental o actitudinal, quizás un examen no es lo más adecuado, y habría que usar el registro mediante la observación.

Por lo tanto, ya tenemos que la evaluación va caminando sustentada en los criterios y determinada por unos correctos instrumentos y técnicas que permitan conocer perfectamente el qué y el cómo de la evaluación.

¿Cuándo?

Pasamos a la tercera pregunta: el cuándo.

La evaluación debe ser un proceso continuo. No podemos decir eso de “yo evalúo una vez al mes/trimestre y con eso me basta” . Es imposible hacer la evaluación si constantemente no estamos comparando lo que espero conseguir (la referencia de los criterios) con lo que realmente el alumnado está consiguiendo. Si no observo y analizo el desarrollo de las actividades, de lo que se va consiguiendo desarrollar a nivel de capacidades propias del alumnado no estoy haciendo evaluación y, por lo tanto, no puedo pensar y poner en práctica ajustes o nuevas medidas para que esa progresión vaya como yo espero.

Sí, también comparo en este “cuándo” la temporalización que yo me planteo inicialmente, con la que realmente se está desarrollando en el aula. Porque eso también es evaluación.

En toda la normativa pone que la evaluación es continua, por lo que debemos hacerla de esa manera, y no pensar que con hacerla al final del trimestre, justo cuando llega el momento de la calificación es suficiente. Si pensamos en que haciéndola al final es suficiente, yo te preguntaría: ¿conoces las dificultades que el alumnado se va encontrando a la hora de desarrollar las actividades y pones medios para que puedan superarlas en ese momento que es en el que realmente lo necesitan?

Imagen de SaadiaAMYii en Pixabay

¿A quién?

Y llegamos a la parte más importante: el proceso comparativo en el alumnado.

Cuando nosotros realizamos una evaluación, hay distintos aspectos  que tenemos en cuenta: la programación que hemos hecho, la metodología que estamos usando, las actividades para ver si son atractivas o “pesadas”, los instrumentos y técnicas que usamos,… pero sobre todo pensamos en que tenemos que evaluar al alumnado.

Como ya he mencionado varias veces, la normativa nos obliga a evaluar y calificar durante todo el periodo de enseñanza-aprendizaje, aunque la calificación la deja para momentos puntuales.

Hemos visto que los referentes son los criterios, y que de una forma continua y mediante las técnicas más acordes,  debemos evaluar (comparar) lo que se define en el criterio con lo que el alumno o alumna va consiguiendo desarrollar.

Pero aquí nos encontramos con una duda espectacular, que hace falta razonar antes de poder hacer una propuesta por mi parte.

El currículo (ya sea el general del Ministerio o los distintos existentes, emanados de las Consejerías de cada Autonomía) establece unos criterios de evaluación para todo el alumnado, en general, y permite que se puedan hacer adaptaciones para el alumnado NEAE. Pero está claro, si no tienes esa adaptación, entras en el saco general.

Si has seguido la idea que proponía al principio sobre el desglose de los enunciados de los criterios, y lo has hecho de una forma en que los aspectos sean graduales en dificultad, tú y yo sabemos que hay alumnado que va a sobrepasar todos los aspectos y otras personas cuya capacidad de desarrollo de ese criterio se va a quedar en los primeros ítems que hayamos planteado.

Tenemos que plantearnos que nuestro objetivo es que ese chico o esa chica desarrolle todo el potencial que tengan, y que alcance el mayor número de aspectos de ese criterio. Pero la realidad es la realidad, y contamos en clase con un alumnado cuyas capacidades varían mucho de unos a otros, aunque esta es la comparación que menos me gusta.

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Partiendo de que conozco a mi alumnado, y sé el límite de sus capacidades, no puedo plantear hacer la comparación de lo que ha desarrollado el alumno o alumna, con el desglose total del criterio que me he planteado en mi programación.

¿Qué hago, entonces?

Primero personalizar el criterio. Digo personalizar y evito usar las palabras individualizar o adaptar, que tiene un sentido más general y se puede entender como hacer una ACIS. Desde el análisis del criterio, escojo y evalúo los items que pueda desarrollar según su capacidad. En un principio podría trabajarlos todos, aunque eso implica un conocimiento más profundo del alumnado (si bien puede darme una sorpresa desarrollando más de lo que yo esperaba, también puede resultar frustrante para él si nunca llega a cumplirlos todos).

Por lo tanto, estoy comparando, para hacer una evaluación personalizada, el desarrollo del criterio con la capacidad real que tiene el alumno de desarrollarlo, y no con ese listado de “café para todos” en lo que puedo convertir los criterios si los miro de una forma estándar y uniforme.

Bien, ya hemos visto que en la evaluación, lo que más hacemos es comparar todo con todos. No quisiera cerrar este artículo sin dedicar un par de párrafos a ese término que solemos confundir, como ya he dicho antes: evaluación y calificación. De la evaluación ya hemos hablado, así que mis últimas palabras (y quizás una propuesta por mi parte) van a ser sobre la calificación.

La normativa nos exige poner notas, nos exige calificar al alumnado con un número y, es más, va a tener en cuenta ese número para muchas actuaciones y consecuencias posteriores: desde pasar de curso hasta el acceso a la carrera deseada en la universidad.  Es por ello que muchos docentes sentimos una gran preocupación por dar lo más justamente posible ese número.

¿Lo más justamente?

Pienso que a veces, sin mala intención, no llegamos a cumplir eso. No lo hacemos lo “más justamente posible” ya que lo que hacemos es calificar al alumnado de acuerdo a una programación que hemos realizado para alumnos ideales o bien porque eso es lo que marca el currículo: “Para tercero es lo que hay que saber, y si no, pues suspenso” .

Habrá alumnos y alumnas que, pudiendo, no se esfuercen en desarrollar todas sus capacidades. Estas personas son las que, comparando su desarrollo criterial, con sus posibilidades, se quedan por debajo de las expectativas o de lo que nosotros, como docentes, sabemos que podría desarrollar.  Pero  hay una gran parte del alumnado en la que eso no ocurre y, como mencionaba antes, habría que realizar una personalización del criterio y de la evaluación en sí. Entonces, ¿por qué no personalizar también la calificación?

Todos hemos escuchado que a un alumno o alumna se le ha etiquetado como “es que es de 6 y de ahí no sube”. Y yo pregunto: ¿Con qué lo estamos comparando? ¿Con otro alumno o alumna de clase que tiene otras capacidades distintas a las suyas? ¿Con el desarrollo estándar del criterio o de los contenidos, pensado para un alumnado homogéneo?

Si pensamos que “un niño es de 6” porque sus capacidades en este momento estén más inmaduras que la de otros compañeros, y saca un seis en la calificación que nosotros le pongamos ¿por qué no le ponemos el 10, si tomamos ese número como referencia de “ha desarrollado todo lo que puede según él mismo”?

Concluyendo, la evaluación y la calificación no es ni más ni menos que una importante comparación entre distintos elementos que entran en el proceso de enseñanza-aprendizaje, y cuyo eje central debería ser el alumnado, nunca el currículo ni establecer este proceso por encima de las capacidades que realmente tengan nuestros alumnos y alumnas.

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